Lucía, “Alas de mariposa”

Lucía, era la mayor de tres hermanos, a sus 14 años la vida del jilguero que habitaba en su misma habitación no distaba mucho de la suya.  Aquel pajarillo de flequillo rojo, ojos azabache y pico color marfil, que saltaba sin cesar entre las finas cañas de su flamante celda dorada, constituía el reflejo de su ser, pues no existe mayor contradicción que la de un ser vivo concebido para volar al que se le cierren las puertas del cielo y se le niegue la vela del viento. Es más la existencia de aquella pequeña podría equipararse a la de uno de aquellos peces abisales que jamás han contemplado la luz solar, pero que aun en las profundidades son absolutamente conscientes de que esta existe.

Una existencia de cielo plomizo y gris, de mórbidas y amenazadoras nubes que derramaban manchas negras sobre su cielo vital, en el que las brumas y las sombras cubrían sus sueños con un velo de desesperanza. Así transcurrió su inamovible presencia hasta que por la rendija de la ventana de su lúgubre existencia, se filtró un  haz de luz y oro líquido que iluminó su estancia hasta el final de sus días. Aquel día amaneció una mañana límpida y clara, coronada por un imponente azul indestructible y un sol risueño que bañaba las aceras de manzanas doradas. Durante el día todo transcurrió en la monótona y habitual encarnadura, sin alterar el viaje del segundero, que cada sesenta segundos empujaba a sus compañeros de aventuras por la esfera cristalina en la que se reflejaba el rostro de aquel ser detenido en el tiempo. El día no dejó trazo alguno en sus recuerdos, que inmóviles no pudieron presagiar los sucesos que a la llegada del ocaso darían un vuelco a su ser, estallando por completo en una existencia absolutamente emocionante y reveladora de una realidad no visible.

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Con la llegada del crepúsculo y su marea de tonos naranjas, Morfeo la atrajo hacia sus brazos y las cortinas rosadas de sus ojos echaron el telón pesadamente, indicando que la función había tocado a su fin. A los pocos minutos un extraño hormigueo serpenteó eléctricamente por las células de aquel cuerpo huesudo, débil y desmadejado, una extraña sensación volátil se apoderó de Lucía al percibir una aterradora pero a la vez agradable ausencia de fuerza gravitatoria, que la hizo imbuirse en una estancia cubierta de inmensidad y vacío.

Un desconcierto abrumador envolvió entonces todo su ser, que inexplicablemente desde algún punto indeterminado en el aire pudo contemplar horrorizada su encogida y ajada figura engullida por las sábanas. Con la frente perlada por el sudor, un pánico afilado y atroz, rasgó el corazón de aquella niña, su pequeño motor rojo desbocado no pudo detenerse ante la contradictoria y extraña corporeidad de una figura hasta entonces desconocida. Flotando en un ingrávido colchón de sensaciones apenas pudo poner en orden sus pensamientos, pues la enigmática experiencia le impidió reaccionar. Transcurrido un periodo de tiempo que no pudo determinar, pues no existen medidas entre la nada y el infinito, el pavor y la incredulidad tornaron a un indescriptible estado de paz y armonía. En aquel intangible momento catorce años en una cárcel de carne se transformaron en la más absoluta de las libertades.

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Lucía percibía que cual lepidóptera portaba y podía desplegar unas grandiosas y majestuosas alas de energía, pero el miedo a lo desconocido coartaron sus iniciales e irreprimibles deseos de vuelo. Aunque aquella noche no tuvo el valor necesario para traspasar el umbral de lo desconocido, sí que pudo experimentar sensaciones inenarrables y absolutamente mágicas para ella, como la de desplegar sus alas por las estancias de su celda dorada. Imbuida por esa misteriosa energía, aquella inenarrable sensación de libertad e ingravidez que rezumaba su nuevo estado extracorpóreo, batió sus portentosas alas hacia la habitación contigua. Era una confortable estancia difuminada en la oscuridad por un apagado tono mostaza; siempre se había sentido segura en ella, asida a un amor incondicional. Coronada en su zona central por una bella y amplia cama de sinuosa cabecera de nogal, la percibía igualmente confortable, pero nunca había tenido la oportunidad de gozar cada rincón de la misma en semejante estado de autonomía, movilidad y libertad. El sol de su existencia siempre brilló entre aquellas paredes, pero aquella noche parecía hacerlo con especial intensidad, pues en aquella cama, que ahora contemplaba desde arriba, descansaban la razón de su ser: sus padres.

Ajenos a todo dormían plácidamente con sus manos entrelazadas; en un instante invadida por el irreprimible deseo de devolverles todo aquello que durante años le habían entregado los colmó a besos imperceptibles para ellos. Subyugada por aquella abrumadora emoción, los besos etéreos y sus abrazos intangibles colmaron la felicidad de una niña que pudo por fin percibir la naturaleza del regalo de la correspondencia. Absorbida por una fastuosa sensación de paz permaneció largo rato flotando sobre aquella visión eterna, tan solo deslumbrada por un cegador marco de plata que descansaba sobre una clásica mesa de noche que remataba el árbol de amor y nogal en el que dilucidaron sus vidas. Tras el cristal de aquel marco coronado en uno de sus angulados vértices por una bella y repujada rosa dorada, se vislumbraba la foto de una pequeña de pocos días, cuyos ojos dorados encajaban en su rostro cual sutil reflejo en agua cristalina.

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Una visión que le dio fuerzas para atravesar la pared y contemplar a dos juguetes de carne y hueso durmiendo plácidamente cual ángeles moradores de canastillas doradas, alumbrados por la tímida y anaranjada luz del caparazón de una lámpara infantil que brillaba cual luciérnaga.  En la estancia, de dibujos animados, rezumaba el aroma infantil de la pureza, la inocencia, en ella sus hermanos fueron acunados por una misteriosa dama que aleteando emociones les rodeó de eternos abrazos.

Aun siendo consciente del poder que se le había otorgado llegó a sentirse tan aferrada a lo tangible, a los recuerdos, en definitiva, a la carne, que fue incapaz de atravesar las fronteras de su hogar. Aquella sería su última noche en la celda dorada, pues tras romper el cordón umbilical que les unía a ellos, el mundo exterior abrió su esplendoroso abanico con toda una amalgama de experiencias. La costumbre hizo la naturalidad y “volar” se convirtió para aquella niña en un juego, la noche se convirtió en día, la luna en sol, los astros inexplicablemente cercanos cambiaron su rol. Cada madrugada desplegaba sus alas y atravesaba en vuelo rasante un mundo de cemento y calles vacías. Lucía llegó a poseer tal dominio de su estado extracorpóreo, que lo hacía a velocidades inimaginables, fuera de alcance de todo entendimiento humano, sus insólitos viajes le permitían absorber ávidamente toda suerte de conocimientos.

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Experimentó como propias la alegría de unos, la tristeza de otros, comprobó que su cruel existencia era nada comparado, a lo que el ser humano era capaz de hacer para complicar la vida a sus semejantes. Lucía anduvo con sus pies desnudos por la orilla del mar sin dejar huella, jugó con delfines, dejó rodar su ingrávido cuerpo por un valle de flores que la colmó de aromas y la vistió con los ropajes de la fruta. Gracias a aquel estado sublime tomó verdadera consciencia del orden y el caos del mundo, aquel en el que solo unos pocos nadaban en champán con trazas de oro y otros muchos revolvían su hambre, su desgraciada existencia entre cubos de basura.

Cada día anhelaba la llegada de la hora crepuscular, su viaje onírico y la mirada del ocaso, que representaba el instante mágico de la libertad condicional. Poseía todo lo que se podía desear, pero en su fuero interno sentía que aún no había podido romper completamente las cadenas de su aislamiento, pues siendo libre, siendo brisa y rumor del aire, no lo podía comunicar. Así fue hasta que en uno de aquellos vuelos sin motor sucedió algo extraordinario:

Planeando entre gaviotas por un bello acantilado, agudizó la vista al máximo y en la fina línea del horizonte, que cortaba a cuchillo el intenso sombrero celeste y la inmensidad del mar, pudo observar una misteriosa figura que se aproximaba con un mágico y travieso aleteo. Tras unos segundos de temor y desconcierto, contempló nítidamente la figura de un niño, que batiendo sus alas la intentó sobrepasar. Imbuida por una sobrecogedora emoción logró captar su atención batiendo vigorosamente sus alas; y el pequeño planeó suavemente junto a ella dejando tras de sí una bella estela de energía. Escrutando su cercana presencia pudo comprobar que su alborotado pelo castaño, su nariz abotonada y la chispeante viveza sus ojos, le conferían el aspecto de eterno travieso que llevaba en su interior.

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Intrigada le preguntó quién era, que qué hacía allí, en su mundo, y una voz aflautada sonó para confirmar sus primeras sensaciones:

“Me llamo Mario, este mundo que crees ser tuyo es de todos nosotros. No creas ser una ‘rara avis’, no eres la única capaz de volar. Hay millones de seres que despliegan cada día sus alas a tu alrededor, tan solo necesitas dirigir tu mirada hacia el lugar adecuado” ¡Te prometo que mañana te llevaré a un lugar especial!”

En aquel instante el abismo cayó sobre Lucía como una pesada losa, cayó a plomo sobre su cuerpo y, aplastada de cansancio, se sumergió en las profundidades de un sueño que se apoderó de su etérea consciencia. Despertó al alba, una espada de luz como el oro líquido se derramaba por sus sábanas. Su padre hundido en una silla junto a su cama, alzó la vista y la observó ausente, sumergido en un profundo silencio. Los segundos le parecieron horas, los minutos días y las horas meses; Lucía sentía una ansiedad profunda por conectar nuevamente con aquel niño alado que había prometido mostrarle su gran secreto. Una ansiedad que fue aumentando a medida que se acercaba el ocaso, el instante de clavar la mirada en el blanco techo de su habitación y sentir los serpenteantes hormigueos previos a su habitual ‘huída existencial’.

Su salida fue tan fulgurante que a los pies de su cama aquel niño la arrancó de la corporeidad asiendo su mano y tirando de tal manera que casi no tuvo tiempo para asimilar su trepidante invitación: “Déjate llevar”. Tuvo entonces la sensación de haberse asido a un torbellino, pero pese a aquella asombrosa capacidad para volar, el viaje se le hizo interminable. Al llegar al final de aquella disparatada travesía, alzó la vista oteando cual halcón perdiguero el lienzo que se dibujó ante sus ojos. Un bello paraje de Sri Lanka enclavado en Polonnaruwa (ciudad que fue capital del reino Chola en el S-XI y que tres siglos después fue abandonada) en el que la densa vegetación rodeaba un antiguo embalse y ocultaba las ruinas de sus extraordinarios monumentos que seguían en pie. Aquellos que abrieron su corazón hacia un mundo nuevo e infinito.

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Las enormes estatuas de Buda y los pilares elegantemente tallados ponían de manifiesto la calidad y la espiritualidad de los escultores y arquitectos de aquel reino. Lucía descubrió entonces un paraje en el que el tiempo se había detenido en su belleza. Los segundos no tenían razón de ser, la eternidad se desnudaba sin pudor hacia un infinito intangible.

Una vez allí en aquel ser y no ser, Mario hizo una señal extendiendo sus alas y de la frondosa vegetación surgieron cientos, quizás miles, de seres alados, que interpretaron un indescriptible baile digno de mariposas monarca. El cielo se deshizo entre estelas doradas, por un momento Lucía tuvo la sensación de que nevaban copos de energía, que impactaban graciosamente sobre el bello mar de pétalos de petunias y alhelíes, que cubrían el manto de acuarelas de aquel bello paraje. La belleza cegadora envolvía al milímetro la extensión del mágico embalse, y Lucía se entregó por completo a su existencia como ser alado y se dejó llevar como una sola alma que bailaba al son de la música primigenia.

La nueva revelación se mostró tan luminosa e imperecedera, que la sensación que había vestido de marginalidad toda su existencia tocó a su fin. La pequeña Lucía pudo conocer y estableció una conexión especial con Sara, una mujer envuelta en una elegante ancianidad y una etérea y esbelta presencia. El anciano ser alado con rostro de mujer le reveló que había llegado a aquel lugar por una razón especial, y que ella había sido la elegida para poner color a sus días con la exquisita paleta del amor, pues Sara acabaría con el gris plomizo, y la ausencia de color que había atrapado la física existencia de Lucía.

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Sara le reveló que a aquel maravilloso lugar lo llamaban “EL JARDÍN DE LAS MARIPOSAS”, ella fue el vehículo, la paloma mensajera para transmitir sus experiencias a sus seres queridos. No en vano en su pelo cano y enjuto rostro, se adivinaban los surcos de una dura existencia. Una existencia que transcurría a apenas dos manzanas de su casa, donde había tenido la oportunidad de cruzarse con los suyos en el plano físico.

Sara, que rondaba los 65 años tenía la capacidad de volar desde pequeña, en el transcurso de varias salidas junto a ella y en el momento adecuado, aquel en el que la conexión espiritual fue lo suficientemente enérgico para completar la misión, el deseo existencial de la pequeña Lucía pudo llevarse a efecto.

La pequeña entre lágrimas se lo reveló: “Sara, quiero comunicarme con los míos, necesito que ellos lo sepan”. Seguidamente le rogó que escribiera y enviara una carta a su casa en la que describía paso a paso todo lo que había estado experimentando en aquella irrealidad, o realidad paralela difícilmente explicable. Sara tras unos segundos de vacilación, con una voz tenue a la que la edad otorgaba fuerza de sabiduría, asintió reconociendo a la pequeña que al conocerla había comprendido por fin la razón de su existencia.

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Transcurrieron varias semanas desde su último encuentro, Sara no daba señales de vida, ni en el plano físico ni en el espiritual. Durante el día la monotonía envolvía a la pequeña con el disfraz de la rutina mientras las fauces de la ansiedad hacían galopar el tic-tac de un corazón que no soportaba la espera, aquella misiva que no acababa de llegar, pero cada noche salía de su crisálida y la espera se le hacía más corta.

Afortunadamente la misiva llegó pronto, en uno de aquellos días en los que su padre hundía sus sueños a los pies de su cama, su madre apareció con un sobre ocre languideciendo entre sus manos mientras el desconcierto se dibujaba seriamente en su rostro. Aquella carta venía a su nombre y en el remitente aparecía el de su hija: Lucía Aldaya; la situación la dejó sin palabras.

La mujer cayó a plomo en el asiento sin dar crédito a todo aquello, pensando que todo era una broma de muy mal gusto, pero abrió el sobre con manos erráticas y cayó en un profundo estado de hipnosis nada más comenzar a leerla en voz alta:

“Querida madre, soy tu pequeña Lucía y te escribo esta carta para relatarte los increíbles sucesos que de un tiempo a esta parte han dado un giro radical a mi existencia…

Sus reacciones a cada línea se debatían entre la sorpresa y la incredulidad, el desconcierto bajaba por su rostro, para luego cruzar su mirada con la de la pequeña Lucía. Sus ojos tan pronto brillaban de alegría como se inundaban de un mar de lágrimas, que al entrar en contacto con el rímel  de sus largas pestañas, surcaban su rostro firmando el perfil de una situación inexplicable. Concluyó la lectura, izó su mirada y observó como un torrente de lágrimas se derramaban por las pálidas mejillas de aquella niña que jamás había expresado el más mínimo síntoma de comunicación. En aquel momento se pudo vislumbrar en sus bellos ojos claros la batalla de sentimientos que se entablaba en lo más recóndito de su alma, su corazón, rompió a llorar y abrazó a su hija sumida en un mundo de sensaciones encontradas. Su padre que había seguido la escena petrificado, hundido  en la silla, junto a la cama, quebró el silencio en un lamento que se perdió a gritos.

Unos lamentos que no les impidió oír  el tronar del timbre de aquel hogar, que retumbó como si del claxon de un camión se tratara, estallando en mil pedazos por un instante la magia de aquellos momentos. Y es que al abrir la puerta, Sara, apareció con su natural esbeltez, su porte elegante, paseando la mirada de la experiencia con sus sabios y bondadosos ojos, transmitiendo la veracidad de unos hechos de ropajes inexplicables.

Con un gran ramo de amapolas pero sin sus alas, escenificó el día más alegre de la vida de Lucía, la primera ocasión en la que por la rendija del destino, de su parálisis cerebral, dejó escapar un rayo de luz, que permitió a la niña mostrarse en todo su ser. Comunicarse con sus seres queridos, aquellos que eran sus manos, sus pies, esos que habían sacrificado sus vidas por la suya.

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Desde aquel instante y a pesar de sus “experiencias” Lucía no cambió un solo segundo por aquel en el que “EL JARDÍN DE LAS MARIPOSAS” se trasladó a los pies de su cama. En algún recóndito lugar de su cerebro formado por enormes valles yermos y desérticos, floreció un precioso valle de recuerdos cual oasis en mitad del desierto.

Cada vez que la nada intenta hacerla sucumbir se adentra entre sus largas hileras de amapolas. Desde aquel día y desde su fría silla de ruedas aguarda la hora en la que solo porte “ALAS DE MARIPOSA

Bajo un puente entre guitarras

Me llamaste y brotaste en el río

verde líquido, metáfora del agua,

el presente es puente de notas,

cuerdas entre Sevilla y Triana.

Embarcadero de pura nea

en un puente entre guitarras,

la música es una daga naranja,

atraviesa cielos, imposible callarla.

Quiero vivir bajo un puente

y soñar perfiles de Giralda,

espinada rosa de invierno

en la piel gris de la mañana.

Y… cuando en la tarde llueve,

¡cómo huele! ¡cómo duele!…

el color de las naranjas agrias;

espejo del paraíso descendido

en el que reina la Esperanza.

 

Autor poema: Mariano Jesús Camacho

Fotos. Mariano Jesús Camacho

Niños nadie, niños de la guerra

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Foto: yoinfluyo.com

Os importan una mierda los niños de la guerra porque son los sin nombre del hombre sin alma, os importan una mierda si son de Siria, Bosnia, Namibia, Palestina, Irak o Gambia. Porque son fantasmas pequeños huyendo de las bombas, los escombros y la maleza infrahumana. En las guerras los niños no valen nada, os importan una mierda sus heridas, amputaciones y lágrimas, sus enormes ojos apagados son espejos de la vergüenza, la vileza y la matanza. Sembrad la semilla del odio en ellos, que esos niños que hoy a sus padres perdieron bajo el estallido de una bomba que segó sus esperanzas, en la remota posibilidad de un mañana saciarán sin duda su sed de venganza.

No tienen nada pero sus rostros lo son todo, sus llantos percuten en telediarios como ventana a un mundo tan podrido que consume y calla. Se les niega a diario su derecho a ser niños por nacer a un lado u otro de la abundancia o la nada. En las fronteras del terror vuestra basura arrasa a pequeños jugueteados con metralla. Pues la guerra es un juego de niños ricos que no tiene la más mínima gracia, sembrando el terror con aviones o mochilas cargadas. Da igual un bando u otro, una bandera, una idea radicalizada, os importan una mierda esos niños sin mirada, son rehenes del sistema y de una sociedad sin corazón ni alma.

En los estercoleros del mundo los niños no cuentan, son mano de obra barata para la parca, trabajan muriendo y lanzando sus estremecedores gritos a los corresponsales y sus cámaras. ¿Qué destino tienen estos pequeños nadie de desgarradoras miradas? Confiscadas sus vidas, arrebatadas sus familias y destruidas sus casas. Atrapados en las trampas del pánico, no comprenden nada, le llueven los disparos y paracaídas que estallan. Las guerras siempre mienten y los niños nadie siempre dicen la verdad. La guerra mata para robar, en nombre de ideas cuyo fin es engañar, pues las armas exigen guerras y las armas guerras para llenar la caja de los niños ricos que quieren jugar. La Paz es una falacia, es pura ficción militar, el espectáculo cotidiano es matar y el ser humano no reacciona, recluta a diario almas podridas para la fábrica de la insensibilidad. La infancia, un territorio limpio e inocente acaba convirtiéndose en un infierno para los niños de la guerra, los refugiados, los exiliados. En el cuadro sangriento de esas infancias arrancadas, en esas imágenes que percuten conciencias de un minuto rebosa el patetismo, la óptica de testigos involuntarios del horror. El binomio de unos ojos atónitos, el de las víctimas destacadas, felicidades hurtadas por un ser humano indeseable al que los inocentes no les importan nada.

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Un mundo incomprensible que no aparece en el mapa, terror, odio, violencia y crueldad ante la que la infancia estalla, sueños e ilusiones cambiados por minas y granadas. Gentes de ninguna parte, porque mientras que los fusiles no amenacen nuestras ventanas, seguirán siendo desconocidos, malas conciencias efímeras de imágenes que impactan pero pasan. Dicen que la niñez es capaz de sacar partido con su imaginación de las situaciones más horribles, pero cuando la sangre sustituye al juego y precipita al vacío a santos inocentes, los sin nombre se ahogan en un averno de experiencias que no les corresponden. Es prácticamente imposible ser niño cuando los sueños se dan de bruces con el dolor y la muerte.

Por ello me avergüenzo de este mundo que no respeta ni el día internacional de la infancia y animo a todo el que pueda a bajarse, porque a los que se enriquecen a diario les importa una mierda que sufran diez niños, mil o veinte millones. No les mueve un milímetro la conciencia ubicar el peso de la guerra en las pequeñas y vulnerables manos de un niño que nada comprende, el sentimiento de culpabilidad del que ninguna responsabilidad tiene. La locura de un mundo que convierte a Ana Frank en una simple anécdota, y que debería hacernos reflexionar y avergonzarnos de que durante el transcurso de los últimos diez años, se estima que más de un millón de niños han fallecido en conflictos armados. Víctimas civiles, niños soldados, niños desplazados, niños huérfanos, niños mutilados, niños encarcelados, niños explotados, niños nadie, niños de la guerra.

25 de agosto, ni Eolo con toda su rabia

Los árboles pescadores de la Alameda, las cañas del país son sus ramas, sus lances trepadores hacia un mar de brillos de plata; espejo de un día ventoso en el que las banderas de plumas con alas, vuelan contracorriente cortando el cielo que baila al son de sus poderosas ráfagas.

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El mar es un cristal hecho añicos, un viento arrasador despedaza en olas mi mirada reflejada, cabezas del revés en la semana de la locura más airada. Palmeras despeinadas en una Bahía desierta de palabras, el vendaval sopla tempestades de notas musicales sobre el aluminio de sus barandas. Cádiz es un arpa vacía y la calurosa ventisca compone una melodía metálica. Puro heavy de sal que al pasar por la Caleta se convierte en música clásica; Sebastián a la guitarra mientras Catalina se arranca, hasta el desaforado viento se calla, se detiene y se ve reflejado en su aguas. ¡Ay Caleta Calma! ¡Ay Caleta Canta!

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¡Ay levante que locura! Cuando Cádiz es de aire, la ira de las sombrillas levantan el vuelo y los proyectiles de arena impactan en el cuerpo de una Victoria abandonada. Maldito vecino, bendito pirata, porqué llegas para quedarte y llevarte los días de playa. Cuenta un Titi de Cai que vienes un martes y que un viernes te marchas, pero solo un Enterao sabe cuánto tiempo estarás en nuestra sartén anclada. Cae la noche y sigo preguntado al oráculo del majara, ¿Cómo es posible que en verano permitas que una tormenta seca, en mil rayos a Cádiz partas?

Márchate maldito viento, que despeinas la luna y el verano de los días se derrite mientras tus cortinas de aire se cuelan en La Tacita de Plata. Es 25 de agosto, Gades es la Diosa despeinada; en un día de furia enajenada, la levantera se levanta, no despegan las gaviotas y las barquillas no zarpan. El cielo llora agua, el ocaso estalla, un espectáculo de luces, voltios de nubes cargadas, una palmera de cohetes en la noche cerrada. Es de locos mi Cádiz, sus vientos piratas al abordaje del vendaval toman la ciudad en la que la brisa es la obra maestra que suena mientras el levante y el poniente entablan su batalla. Ni Eolo con toda su rabia puede con Cádiz, que está loca por volver a ser de cuento y leyenda, un tesoro en cada pisada.

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Aforismos de tinta derramada

Mi infelicidad es directamente proporcional a la capacidad que tú posees para ser feliz.

Si pierdes la noción del tiempo has dado el primer paso para desafiar al relojero.

La Luna y yo, ese espejo de cráteres sobre el que envejezco.

Banco de un parque que nunca se hizo, árbol de un jardín que nunca creció.

La poesía queda varada como las ballenas, el mar la devuelve a la arena y el hombre nunca la dejará ser libre para poderse suicidar.

Cierro los ojos y veo sangre roja, abro los ojos y veo sangre azul, prefiero ser ciego e imaginar el verdadero color de la sangre.

Los sábados aseguran los periodos de mi existencia, el juego, la fiesta, el amor, el dolor y la cercanía del alba que no duerme y se despierta. La noche trepidante y la noche lenta.

Un marinero mira el mar como si tuviese mil anzuelos, el pez mira al marinero como si le quisiese robar el mar.

¿De quién es el mar? ¿Es acaso de los poetas? ¿Es acaso de Poseidón? ¿Es acaso de los peces? ¿Es acaso de los pintores? ¿Es acaso de los marineros? ¿Es acaso mío o tuyo? ¿De quién es el mar? El mar es de nadie, porque nadie como él sabe qué la firma de sus olas marcan el rumbo a tomar.

En el vestíbulo del amor, que es el corazón, la taquicardia es el comienzo de algo tan veloz y efímero que para consolidarse e ir a más, precisa de continuos electrochoques con el objeto  de retornar al ritmo sinusal del enamoramiento.

Al sol no se le puede mirar fijamente porque te quedas ciego, pero no hay otra luz que irradie tanta verdad como la de un rayo suyo para volver a abrir los ojos.

Ser conciso, verbo espartano, flecha lacónica y escudo parco.

En Carnaval Soy, el resto del año con las mil caras me disfrazo y os engaño.

El silencio vitalicio nos aguarda, no dejad para otro momento las palabras.

El sueño es un folio en blanco sobre un telón de fondo negro, vuela en avión de papel y escribe sus anhelos.

En la Bahía de Cádiz las mojarritas se burlan de las cañas porque las cotorras les chivan que en el hilo de la la vida está el secreto de la trampa.

No es tan importante el lugar que ocupas, como el por qué lo ocupas.

Preguntar el tiempo es una de las formas más falsas de matar el tiempo.

Toda la infancia resolviendo problemas en Cuadernos de Rubio y resulta que luego a la edad adulta descubres que en el cuaderno de la vida no vienen los mismos problemas.

La vida es un reloj de arena con el cristal roto por un lado, por muchas vueltas que le des llegará el momento en el que tanta pérdida de arena te dejará sin tiempo y sin playa en la que morir recordado.

Soy un leproso y un apestado, estoy solo y desde entonces solo las voces interiores me acompañan.

Las librerías son las peceras de los sueños, porque los peces libres jamás morderán el anzuelo.

En una línea una novela, en una frase un cuento, en una palabra un poema, y en una vocal un verso.

El banco de los libros perdidos

Como cada tarde, con las horas de luz que me proporciona la Cádiz polinizadora de parques y plazas, que a estribor y a babor adornan murallas y balaustradas, paseo azarosamente por una cubierta de baldosas de arena y aceras saladas. Andar a paso decidido por la rosa de los vientos de mi destino, con el soñado objetivo del banco de los libros perdidos.  Porque no hay nada más bello y misterioso que la lectura azarosa, encontrarse en un banco de Puerta de Tierra un libro no escogido de la biblioteca ambulante y generosa del desconocido. El solidario intercambio de la literatura abandonada, letras vagabundas que dan de comer cultura a las personas nunca encontradas. El misterioso componente causal que sitúa en tu camino una novela, el sentimiento muerto de un escritor que vuelve a cobrar vida cuando el lector le hace cobrar sentido. Cada tarde una sorpresa, una novela azarosa, Lourdes Ortiz y La fuente de la vida, una exposición de las contradicciones y situaciones que se dan simultáneamente en la realidad. Como en cada vida, nada de salidas fáciles, ni héroes positivos, ni buenos ni malos, tan solo seres perdidos. Y una tarde tras otra, entre el Ayer Vendrá de Luis Rosales y Las Leyendas de Bécquer, entre Maese Pérez y Rayo de Luna. Un libro devorado que regresa a la cadena de intercambio de unas letras muertas, que resucitan en otras pupilas desconocidas. La madreselva trepa por una muralla que es la tapa de un libro llamado Cádiz, que a cada paso me atrapa. Entre cotorras verdes, palmeras azules, soles naranjas, flores vigías y farolas que no alumbran, sino que hablan. Con el eco de cada ola, que siempre es única porque la viene siempre es distinta a la que se marcha, me pregunto seriamente si no será esa madreselva, que parece tener manos verdes, la que me regala la azarosa lectura muerta en el mármol de una lápida.

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Pues como dijo Unamuno morir es desnacer, escribir es morir con el simple objetivo de volver a vivir, a nacer eternamente cada vez que un libro vuelve a ser leído. Libros devorados porque los libros no se escriben para ser leídos, sino para ser comidos, obras que caen azarosamente a mis manos, que perciben miles de vidas, energías de las hojas que otros pasaron. Entre Dante y Jugo de la Raza, entre la Divina Comedia y la Divina Tragedia. El paseo diario hacia el mágico banco en el que no siempre encuentro un libro, porque a veces resulta que la madreselva que trepa ese día se ha dormido con la música del poniente y el trinar de los pájaros, porque el generoso desconocido que tiene a bien abandonar a su suerte sus libros devorados, simplemente no ha acudido o bien que el fuerte viento de levante ha hecho levantar al vuelo al libro que en gaviota se ha transformado.

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Cuando el mármol desnudo no me ofrece su regalo, me siento en el banco de los libros perdidos para escuchar a la madreselva contarme que su música es el poniente gaditano y que el trinar de los pájaros le recuerda a Sellés, El Mellizo y Chano, tres genios que por Cádiz cantaron. Y sin libros por leer dejo la huella vital de mi presencia en el mármol, en lugar de libro un intercambio de regalos.  Percibo entonces la huella que otros caminantes dejaron allí sentados, creo percibir a María, que es flor, sentada junto a Luis que es su abeja, puedo oler el aroma del polen de sus vidas, el proyecto de un campo de flores jóvenes, el amor de una juventud florida. También percibo a Pedro, que de dormir entre colchones, pasó a los cartones y el manto de estrellas para sufrir y gozar la noche de una desesperada huida. Puedo sentir el calor diurno, el frío como un cuchillo, la humedad en unos huesos calados y el hambre de un cuerpo desahuciado. Quedo atrapado por el vapor etílico y me entrego a su sopor para vivir su sueño de sentirse astronauta y, como el Quijote, creer ver en el Pirulí gaditano, la nave blanca y poderosa que le llevará al espacio.

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Son en aquellos días sin libros de bancos vacíos, en los que comprendo que la madreselva me hizo descubrir la huella de los seres perdidos. Porque en aquel banco situado en la nada también se sienta Carla, que vende su carne a cambio de luz y agua. Carla me pregunta que qué consumo, marihuana, farlopa o  heroína adulterada, yo le contesto que ni siquiera fumo, pero que devoro libros. Carla no entiende nada, me sigue ofreciendo su carne a cambio de luz y agua; yo le intento explicar que la transacción de la carne por el dinero no le proporcionará ni luz ni agua, sino que será el trayecto más corto a la próxima raya. Carla no comprende nada, pero es una sabia, porque en esta puta vida que tire la primera piedra, aquel que no consume nada.

Descifrar la huella de todos aquellos que en algún momento se sentaron es una tarea ardua, y tan real como dolorosamente bella. En aquel mármol con espaldar forjado se sienta Luisa, una flor marchita, pero que conserva la esencia de los aromas de toda una vida. Es fragancia de dama de noche y cera caliente de dolorosa virgen María. A su lado Fernando, el que empuja el carro, el que lleva la silla, el que dice que la cuida. Luisa es de arruga bella y Fernando descubre en los surcos de su madre la lucha de toda una vida, un amor arrebatado, una familia. Los éxitos de Luisa, sus siete lágrimas, sus alegrías, los fracasos de Fernando, sus batallas perdidas. Cuando la vejez y la madurez se juntan, cuando la salud y la enfermedad se cruzan, no sabría discernir si es el joven hijo el que cuida a la madre, o la anciana madre es realmente la que lo cuida. Y se sienta también la vida, que es Alvarito, con los ojos tan abiertos como la Luna llena, con el nervio desbocado como la infancia primera, con los juegos por bandera, la del verdadero color y la verdadera pureza. Solo piensa en ser feliz y en que su madre le cante nanas para que lo duerma, pero su madre es soltera y en las notas de esa nana se le aparece el hombre del saco, el coco que disfrazado de Príncipe, la despertó del cuento sobresaltada. Ella creyó ser Alicia en el país de las maravillas, pero despertó Cenicienta, a las doce de la noche con un ojo morado en mitad de una pesadilla, en una calabaza con sirenas que acabó en comisaría. En este banco hoy frío también se sienta la parca, de guadaña fácil, siempre presta a que caiga la noche, en la que sus esqueletos blancos nos lleven a su guarida, porque en cierto sentido todos aguardamos sentados dos momentos de nuestra vida, morimos al nacer y desnacemos al pasar a otra vida.

Y es que en el banco de los seres perdidos se sientan pobres y millonarios, albañiles, fontaneros y camareros, universitarios parados. Seres infelices que trabajan a diario en oficios equivocados, almas gemelas y medias naranjas que jamás se soportaron. Percibo el amor y el odio, la tristeza y la alegría, en mitad de Cádiz un paraíso que navega hacia un horizonte imaginario, porque cuando cada día paso por aquel banco a veces encuentro mi regalo y a veces fabulo con los seres perdidos que en aquel mágico lugar algún día se sentaron. Porque andar es vivir caminando, es la acción contemplativa, porque sentarse es la contemplación activa, porque imaginar es un vuelo libre, porque leer es como devorar, como  viajar por todo el mundo, volver a vivir cien vidas, y en el banco de los libros perdidos no hay un solo día en el que alguien deje su poesía.

Texto: Mariano Jesús Camacho

Fotos: Antonio Camacho

Mágico González, el oopart de su firma

Cuando era un chaval, un adolescente, el fútbol siempre ocupó un lugar especial entre mis aficiones, el paso del tiempo me enseñó que quizás convertimos en dioses a chicos que en realidad no son tan diferentes a nosotros, sino que en realidad tuvieron unas dotes técnicas, unas cualidades físicas, una genética y una dedicación, quizás mayor a todos aquellos que en algún momento de nuestras vidas soñamos y quisimos ser futbolistas, pero acabamos siendo unos tuercebotas de salón.

Soñando con ser magos

Probablemente todo chaval que desde pequeño sea entrenado y reciba la educación deportiva adecuada para ser jugador, llegue a hacer sus pinitos en el fútbol amateur, pero existe una serie de chicos que nacen con un don especial, que recibiendo la citada educación deportiva, poseen unas cualidades innatas que les facilita sensiblemente el camino para llegar al fútbol profesional. Luego existen aquellos chicos que se encuentran fuera de producción, fuera de molde, de toda ley escrita. Fenómenos naturales que nacieron predestinados para jugar al fútbol y en el lugar más imprevisible del planeta. En esta categoría absolutamente especial destacó sobremanera uno de ellos: Jorge González.  En las citadas edades la idolatría es una tendencia natural, todo ser humano en proceso de crecimiento precisa de figuras con las cuáles identificarse y en el caso del fútbol, y muy concretamente de la historia de los aficionados del Cádiz de los años ochenta y noventa: todos queríamos ser Mágico González.

Durante muchos años estuve dándole vueltas a una pregunta ¿Cómo es posible que un jugador como el Mago jugara en el Cádiz y durante tantos años? ¿Cómo es posible que semejante fenómeno naciera en El Salvador, país centroamericano maravilloso pero evidentemente con una demografía inferior y un índice mucho más bajo de futbolistas federados con respecto a otras grandes potencias del fútbol mundial?  Con el tiempo pude comprender que en esto del fútbol las probabilidades y la tradición futbolística, juegan un papel importante respecto al estilo y el potencial futbolístico de un país y por tanto una selección, pero que la aparición de un genio del fútbol  es un hecho absolutamente aleatorio.

El genio surge de la calle

Existen teorías al respecto muy interesantes, pero la que más me convenció fue la que un día aportó Johan Cruyff, que como suele suceder con los sabios de un campo concreto poseen la capacidad de simplificación y deducción suficiente como para resumir en una frase los conceptos más complejos. Cruyff siempre defendió que en fútbol el genio surge de la calle, del descampado, del potrero, del terreno más pedregoso, porque es en esa escasez de medios, en la que se convierte en alguien realmente especial. Precisamente por la capacidad física y técnica que tiene que desarrollar para superar el sinfín de obstáculos y dificultades que encuentra en el camino.

El caso Mágico, su personalidad

El caso de Mágico es la más clara demostración de ello: Jorge había nacido predestinado para ser un genio del fútbol, un genio con una personalidad tan generosa como peculiar, marcada sin duda por una infancia y adolescencia en la que creció bajo un ambiente de efervescencia social nunca antes visto en la historia reciente de El Salvador. Un ambiente prebélico, de lucha armada revolucionaria, la acumulación de conflictos irresueltos, malestar social, marginalidad, radicalismo político y autoritarismo militar, que desembocaron en la guerra civil que abatió al país a lo largo de la década de los ochenta.

Posiblemente la personalidad de Jorge quedó marcada por ese entorno, y quizás por ahí se podrían identificar alguna de las claves su carácter bohemio, anarquista y revolucionario con un balón en los pies. Nunca ha sido sencillo descifrar a un genio, a Jorge se le llegó a definir con un sinfín de adjetivos (el más acertado el Mago sin duda), llegando a agotar la mayoría de ellos, pues si descifrar a un genio es tarea prácticamente imposible, definirlo se acaba convirtiendo en una tarea, que de tan repetitiva acaba siendo vulgar. Por ello, rizando el rizo y tras años preguntándome  si lo que vi y viví fue realmente un sueño, conseguí llegar a una definición que casi me llegó a satisfacer.

Mágico González, oopart del fútbol

Desde niño siempre me atrajo el mundo del misterio, la posibilidad de existencia de otras realidades, otras civilizaciones, otras humanidades, esa historia que está por reescribir y se encuentra enterrada en algún punto del planeta al que el hombre aún no ha sido capaz de llegar o comprender. Y en este contexto existe un objeto, una definición que bajo mi punto de vista encaja con el Mágico a la perfección:  OOPArt acrónimo en inglés de out of place artifact (‘artefacto fuera de lugar’). Acuñado por el naturalista y criptozoólogo estadounidense Ivan T. Sanderson para denominar a un objeto que se encuentra en un yacimiento o estrato arqueológico, en un contexto imposible o absolutamente fuera de lugar, que desafía y pone en jaque a  la cronología de la historia convencional.

Un oopart es un objeto científicamente datado que puede provocar que se reescriba la historia, un desafío a la lógica. Objetos que por sus materiales de construcción o sistema de elaboración, no se corresponden con el nivel tecnológico o tecnologías reconocidas como habituales en la época correspondiente a la fecha de su datación. En el caso de Mágico González, no me cabe duda que su juego de piel y huesos no correspondían con el estrato futbolístico de su época. Tanto en Cádiz como en El Salvador, su juego constituía un auténtico oopart. Jorge era un adelantado a su tiempo, lo que él hacía tres décadas atrás tiene absoluta vigencia hoy día.

Cádiz en fútbol por tanto tuvo la fortuna de poseer y vivir su oopart particular que se encargó de reescribir la historia del club, también del fútbol en El Salvador. Porque sí, señores, nosotros nos seguimos preguntando cómo pudimos disfrutar durante tantos años con su juego. Seguimos teniendo esa sensación de que Mágico nació fuera de lugar y lo encontramos en Cádiz fuera de lugar, pero esa es la magia y el misterio de su fútbol. Si Jorge no hubiera nacido en El Salvador, posiblemente no habría edificado su personalidad y sentido del juego de esa manera tan especial, y jamás habría jugado en el Cádiz, ciudad en la que por sus peculiaridades posiblemente se lanzó a los brazos de la Diosa Gades, que como todos sabemos está iluminada por las luces bohemias del mar.

Simplemente un apunte más para los arqueólogos del fútbol, no le den más vueltas, el Mago nació en El Salvador y pudiendo haber sido multimillonario, mejor jugador del mundo de su generación, optó por jugar y vivir en Cádiz, un pequeño micro mundo en el que se da la curiosa paradoja de la abundancia y la escasez. Y ese fue el gran secreto de Jorge, que siempre supo encontrar en la escasez la verdadera abundancia. Por tanto, sigan abiertos a reescribir la historia convencional, porque Mágico fue un oopart salvadoreño y gaditano en el estrato del fútbol profesional de la década de los ochenta. Defiendan la historia con la base y el rigor científico constatable, pero mantengan la prudencia y el estado de alerta, pues en cualquier excavación, cualquier estudio, cualquier punto del planeta, puede surgir un oopart con el que puede que tengan que reescribir parte de la historia.

Y como prueba del oopart que fue Jorge, aquí queda su autógrafo; ayer rúbrica de un ídolo de niñez, hoy documento gráfico guardado por un historiador licenciado y doctorado, (mi hermano). Un historiador que académicamente defiende lógicamente lo que hasta ahora ha sido constatado, tanto cronológicamente como históricamente por la historiografía oficial, pero que guarda como un tesoro el oopart de la firma de un futbolista adelantado a su tiempo.

firma
La nº5: Firma de Mágico González.