Javier Castaño, el sabio limpiabotas

La vida es tan dolorosamente bella que a veces parece una jodida broma, es curioso pero cuando intentas permanecer en la superficie del agua, te hundes; pero cuando tratas de sumergirte, flotas. Quizás por ello en estos tiempos tan complejos en los que la falta de integridad se cotiza al alza en los puestos de relevancia política y social, en los que el regreso a la nada parece una experiencia ineludible, son tan valiosas las historias que se esconden en la perdida alquimia del periodismo. Y por esa razón el personaje que ha rescatado mi compañero Carlos Martínez Moral junto a un grupo de alumnos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de Málaga encabezados por Alicia Muñoz, Alejandro López, Beli Bermúdez y Paula Millán, merece un lugar destacado en este Blog que también quiere ser abrigo y barrio de ese periodismo de esencia y esencial que tanto añoramos.

Historias como la de Javier Castaño, el limpiabotas del Café Central, que en la pura alquimia de la vida real, que es la calle, es la transmutación del metal en oro. No en vano Don Javier es la demostración plausible de que el hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio de uso de los fines afines al poder. La premisa irrebasable de cualquier razonamiento en torno a derechos y deberes es el reconocimiento de la dignidad de la persona. Y de las palabras de Don Javier se desprende de una forma diáfana el alto precio que han tenido que pagar numerosos trabajadores por el derroche y la corrupción de los de siempre. Y es su historia esa búsqueda de la dignidad, encontrada un lunes al sol lustrando zapatos, eludiendo las zancadillas constantes del establishment y demostrando que desde un pequeño taburete se puede reinar con tanta clarividencia mental y buen juicio como Salomón.  Pues no hay mayor sabio que el que al hambre le pone vestido de mujer y la saca a bailar cada día a la pista de la vida, que es la calle.  Y eso hizo Javier, que tras veinte años trabajando como delineante industrial y diseñador gráfico, se vio en esa calle tan dura y hermosa. Sacó del baúl de los recuerdos ese oficio que le gustaba de pequeño (cuando aún no tenía la razón formada) y lo convirtió en un medio absolutamente digno para poder sobrevivir y comer, vivir al día. Pues como cuenta Don Javier, una vez en el barro lo importante es un plato encima de la mesa y, todo lo demás se convierte en banalidad.

En su historia, sus palabras cargadas de verdad, no existe una sola frase a la deriva, el Puerto de Málaga es testigo de todo ello. Testigo de las micro satisfacciones del limpiabotas, todo ello pese a las trabas que las ordenanzas municipales le pusieron por delante y gracias especialmente al Café Central, que le permitió ejercer su oficio en suelo privado. Y en la postura del podólogo, a la altura del betún, da una master class cada día sobre sabiduría e igualdad, lustrando zapatos, siendo en todo momento protagonista principal de su vida, mientras que los demás son meros figurantes. No en vano, aun sumergidos salimos a flote y, no por barrer, fregar platos o limpiar zapatos, dejamos de ser protagonistas de nuestras vidas, que es lo realmente importante.

Revolucionario en Twitter

Como los sabios, Javier junta en uno solo todos los tiempos para adelantarse al tiempo, eso es lo que hizo cuando comenzó a registrar topónimos de ciudades en twitter para evitar que pudieran recibir un mal uso en tiempos futuros. Luego los comenzó a regalar a cada ciudad, pero no consiguieron comprenderle hasta hace muy poco, cuando su sabia acción comenzó a convertirse en viral y, recibió un enorme Gracias Javier, de la ciudad de Río de Janeiro. Palabras, acciones y razonamientos juiciosos del sabio del betún, que nos habla de una democracia regalada para que pusieran políticos a trabajar a nuestro servicio, que en dos décadas consiguió paradójicamente todo lo contrario, que fuéramos nosotros los que trabajáramos para ellos.

Es Don Javier un artesano de la vida que solo pretende comer y luego cumplir, siempre en ese orden de prioridades, pues es el sabio el único que escapa a las leyes del género humano. El arte de ser sabio es el arte de saber qué pasar por alto y existen situaciones en la vida en las que algunas ordenanzas municipales atentan contra uno de los derechos fundamentales del ser humano: ganarse un trozo de pan con el fruto del trabajo de sus manos.

Y esa es su filosofía, la de uno de los últimos profesionales del betún, aquella que podemos encontrar en el magnífico trabajo documental de estos periodistas buscadores de historias con la más pura esencia de la vida y la profesión.

 

Fotografía: Diario Sur

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