Silencio, se juega

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Foto: http://www.eleconomista.es

Como elemento lúdico existen pocos deportes que igualen al fútbol, la pasión que genera entre aficionados llega a tales límites que su ebullición casi podría equipararse al fanatismo religioso. Es más, es de todos sabido que el fútbol ‘la masa’ es usada como cobijo por grupos ultras violentos que se aprovechan de una bandera, un balón y un color, para dar rienda suelta a sus extremismos. Igualmente el fútbol, el gran negocio, la gallina de los huevos de oro de la corrupción, es habitualmente utilizado por mafias que encuentran en el mercado del balón la mejor manera de limpiar su dinero negro. No hay nada más oscuro que la FIFA y no existe mayor habitáculo social de tráfico de influencias que el palco de un estadio, que en más de una ocasión ha logrado superar incluso al despacho de alguna que otra alcaldía.

He de reconocer que fui y sigo siendo lobotomizado por el rodar del balón de vez en cuando, pero cada vez son menos las ocasiones en las que el árbol del gol no me deja ver el bosque. Solo futbolistas especiales y equipos especiales, consiguen atraerme hacia el lado oscuro, sobre el que suelo escribir, pero la citada circunstancia me es cada vez más ajena a mi vida diaria. Siempre creí en el juego como modo de expresión artística y modelo de conductas de deportividad que podían ser trasladables a la vida social. Eso es básicamente lo que me fascinó de este deporte, quizás de cuando en cuando me convierto en un hombre de cuarenta con la mentalidad de uno de quince, por ello en ocasiones veo balones muertos y me emociono con el fútbol creyendo que aun soy un niño.

Pero resulta bastante penoso que un porcentaje grande del territorio español otorgue más importancia a un partido de Champions, a un final de Liga, una final de Copa, un ascenso o un descenso, que a lo que acontece y se cuece en la aritmética política en nuestro país, donde realmente se juega el partido del futuro de sus propias vidas. El fútbol, como dijo Valdano, es lo más importante de lo menos importante y, en estos momentos nuestro futuro depende de las triangulaciones políticas de un buen número de señores diputados, que no son y no serán capaces de resolver la ecuación que el pueblo les planteó cuando ejerció tiempo atrás su derecho al voto.

Por todo ello, respeto y me parece bien que la gente espere ansiosa a los partidos de Champions, los partidos por la Liga o aquellos en los que se juegan la permanencia, pero la citada ansiedad no puede ni debe ser equiparable, a la preocupación que debemos tener por el hecho de que estos señores diputados nos obliguen a ir a nuevas elecciones. A la frase de Marx en El Capital de fines del siglo XIX, en la que decía que la religión era el opio del pueblo, habría que sumar que en el siglo XXI, a la religión se unió el fútbol, porque ambos tienen demasiados puntos en común. Son capaces de hacer enloquecer al ser humano.

Las esquirlas informativas del fútbol llegan hasta la estratosfera, en las barricadas del periodismo de bandera, parecen describir las crónicas de guerra y su carnaza alimenta a un tipo de individuo que se entregó por completo a la teoría baloncéntrica, con el fútbol como centro de su universo. Personalmente me preocuparía mucho más por el índice de pobreza de mi país, de todo el planeta, que de si un club es sancionado con dos ventanas de mercado sin fichar por la FIFA; me tendría mucho más ansioso el hecho de que el bombero y el médico que me tienen que salvar, no cobra lo que merece o lleva meses sin cobrar; me inquietaría mucho más que un policía que tiene que velar por la seguridad del ciudadano no tiene chaleco antibalas, que por las botas nuevas de Cristiano o Messi; me quedaría traspuesto con los carros vacíos de mis paisanos (los míos), en lugar de con los carros de estos señores que tienen el dinero por castigo; estaría mucho más interesado en que el Hospital de mi ciudad tuviera los recursos y materiales médicos necesarios para que fuera un gran hospital, en lugar de interesarme y salir a la calle porque el club de mi ciudad tenga un gran estadio. ¿De qué nos sirve que el club de nuestros amores tenga al jugador mejor pagado del planeta si el salario mínimo interprofesional en España es de 665,20 euros?…

Puede que estas líneas sean valoradas como un ejercicio de demagogia en toda regla, es más seguro que me alegraré, reiré o me enfadaré en estos dos meses de competición en los que se juega todo lo más importante de lo menos importante, pero el gol no me impedirá ver el bosque de la penosa realidad que nos rodea. Y esa realidad es que en España tenemos unos políticos, unos partidos a los que solo les interesa el poder, empeñados en no dejarnos jugar en el devenir de nuestro propio destino, y ese es el verdadero partido que se está jugando. Y no se juega en la medialuna que está al borde del área, sino en el hemiciclo, ese semicírculo que es el área de nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Por ello, por mucho que en ocasiones sea un hombre de cuarenta con una mentalidad de un niño de quince, el fútbol no me silenciará: Silencio que se juega, pero se juega en otro estadio, y ante todo, nuestro futuro.

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