El banco de los libros perdidos

Como cada tarde, con las horas de luz que me proporciona la Cádiz polinizadora de parques y plazas, que a estribor y a babor adornan murallas y balaustradas, paseo azarosamente por una cubierta de baldosas de arena y aceras saladas. Andar a paso decidido por la rosa de los vientos de mi destino, con el soñado objetivo del banco de los libros perdidos.  Porque no hay nada más bello y misterioso que la lectura azarosa, encontrarse en un banco de Puerta de Tierra un libro no escogido de la biblioteca ambulante y generosa del desconocido. El solidario intercambio de la literatura abandonada, letras vagabundas que dan de comer cultura a las personas nunca encontradas. El misterioso componente causal que sitúa en tu camino una novela, el sentimiento muerto de un escritor que vuelve a cobrar vida cuando el lector le hace cobrar sentido. Cada tarde una sorpresa, una novela azarosa, Lourdes Ortiz y La fuente de la vida, una exposición de las contradicciones y situaciones que se dan simultáneamente en la realidad. Como en cada vida, nada de salidas fáciles, ni héroes positivos, ni buenos ni malos, tan solo seres perdidos. Y una tarde tras otra, entre el Ayer Vendrá de Luis Rosales y Las Leyendas de Bécquer, entre Maese Pérez y Rayo de Luna. Un libro devorado que regresa a la cadena de intercambio de unas letras muertas, que resucitan en otras pupilas desconocidas. La madreselva trepa por una muralla que es la tapa de un libro llamado Cádiz, que a cada paso me atrapa. Entre cotorras verdes, palmeras azules, soles naranjas, flores vigías y farolas que no alumbran, sino que hablan. Con el eco de cada ola, que siempre es única porque la viene siempre es distinta a la que se marcha, me pregunto seriamente si no será esa madreselva, que parece tener manos verdes, la que me regala la azarosa lectura muerta en el mármol de una lápida.

a125

Pues como dijo Unamuno morir es desnacer, escribir es morir con el simple objetivo de volver a vivir, a nacer eternamente cada vez que un libro vuelve a ser leído. Libros devorados porque los libros no se escriben para ser leídos, sino para ser comidos, obras que caen azarosamente a mis manos, que perciben miles de vidas, energías de las hojas que otros pasaron. Entre Dante y Jugo de la Raza, entre la Divina Comedia y la Divina Tragedia. El paseo diario hacia el mágico banco en el que no siempre encuentro un libro, porque a veces resulta que la madreselva que trepa ese día se ha dormido con la música del poniente y el trinar de los pájaros, porque el generoso desconocido que tiene a bien abandonar a su suerte sus libros devorados, simplemente no ha acudido o bien que el fuerte viento de levante ha hecho levantar al vuelo al libro que en gaviota se ha transformado.

g16

Cuando el mármol desnudo no me ofrece su regalo, me siento en el banco de los libros perdidos para escuchar a la madreselva contarme que su música es el poniente gaditano y que el trinar de los pájaros le recuerda a Sellés, El Mellizo y Chano, tres genios que por Cádiz cantaron. Y sin libros por leer dejo la huella vital de mi presencia en el mármol, en lugar de libro un intercambio de regalos.  Percibo entonces la huella que otros caminantes dejaron allí sentados, creo percibir a María, que es flor, sentada junto a Luis que es su abeja, puedo oler el aroma del polen de sus vidas, el proyecto de un campo de flores jóvenes, el amor de una juventud florida. También percibo a Pedro, que de dormir entre colchones, pasó a los cartones y el manto de estrellas para sufrir y gozar la noche de una desesperada huida. Puedo sentir el calor diurno, el frío como un cuchillo, la humedad en unos huesos calados y el hambre de un cuerpo desahuciado. Quedo atrapado por el vapor etílico y me entrego a su sopor para vivir su sueño de sentirse astronauta y, como el Quijote, creer ver en el Pirulí gaditano, la nave blanca y poderosa que le llevará al espacio.

a61

Son en aquellos días sin libros de bancos vacíos, en los que comprendo que la madreselva me hizo descubrir la huella de los seres perdidos. Porque en aquel banco situado en la nada también se sienta Carla, que vende su carne a cambio de luz y agua. Carla me pregunta que qué consumo, marihuana, farlopa o  heroína adulterada, yo le contesto que ni siquiera fumo, pero que devoro libros. Carla no entiende nada, me sigue ofreciendo su carne a cambio de luz y agua; yo le intento explicar que la transacción de la carne por el dinero no le proporcionará ni luz ni agua, sino que será el trayecto más corto a la próxima raya. Carla no comprende nada, pero es una sabia, porque en esta puta vida que tire la primera piedra, aquel que no consume nada.

Descifrar la huella de todos aquellos que en algún momento se sentaron es una tarea ardua, y tan real como dolorosamente bella. En aquel mármol con espaldar forjado se sienta Luisa, una flor marchita, pero que conserva la esencia de los aromas de toda una vida. Es fragancia de dama de noche y cera caliente de dolorosa virgen María. A su lado Fernando, el que empuja el carro, el que lleva la silla, el que dice que la cuida. Luisa es de arruga bella y Fernando descubre en los surcos de su madre la lucha de toda una vida, un amor arrebatado, una familia. Los éxitos de Luisa, sus siete lágrimas, sus alegrías, los fracasos de Fernando, sus batallas perdidas. Cuando la vejez y la madurez se juntan, cuando la salud y la enfermedad se cruzan, no sabría discernir si es el joven hijo el que cuida a la madre, o la anciana madre es realmente la que lo cuida. Y se sienta también la vida, que es Alvarito, con los ojos tan abiertos como la Luna llena, con el nervio desbocado como la infancia primera, con los juegos por bandera, la del verdadero color y la verdadera pureza. Solo piensa en ser feliz y en que su madre le cante nanas para que lo duerma, pero su madre es soltera y en las notas de esa nana se le aparece el hombre del saco, el coco que disfrazado de Príncipe, la despertó del cuento sobresaltada. Ella creyó ser Alicia en el país de las maravillas, pero despertó Cenicienta, a las doce de la noche con un ojo morado en mitad de una pesadilla, en una calabaza con sirenas que acabó en comisaría. En este banco hoy frío también se sienta la parca, de guadaña fácil, siempre presta a que caiga la noche, en la que sus esqueletos blancos nos lleven a su guarida, porque en cierto sentido todos aguardamos sentados dos momentos de nuestra vida, morimos al nacer y desnacemos al pasar a otra vida.

Y es que en el banco de los seres perdidos se sientan pobres y millonarios, albañiles, fontaneros y camareros, universitarios parados. Seres infelices que trabajan a diario en oficios equivocados, almas gemelas y medias naranjas que jamás se soportaron. Percibo el amor y el odio, la tristeza y la alegría, en mitad de Cádiz un paraíso que navega hacia un horizonte imaginario, porque cuando cada día paso por aquel banco a veces encuentro mi regalo y a veces fabulo con los seres perdidos que en aquel mágico lugar algún día se sentaron. Porque andar es vivir caminando, es la acción contemplativa, porque sentarse es la contemplación activa, porque imaginar es un vuelo libre, porque leer es como devorar, como  viajar por todo el mundo, volver a vivir cien vidas, y en el banco de los libros perdidos no hay un solo día en el que alguien deje su poesía.

Texto: Mariano Jesús Camacho

Fotos: Antonio Camacho

Anuncios