Lucía, “Alas de mariposa”

Lucía, era la mayor de tres hermanos, a sus 14 años la vida del jilguero que habitaba en su misma habitación no distaba mucho de la suya.  Aquel pajarillo de flequillo rojo, ojos azabache y pico color marfil, que saltaba sin cesar entre las finas cañas de su flamante celda dorada, constituía el reflejo de su ser, pues no existe mayor contradicción que la de un ser vivo concebido para volar al que se le cierren las puertas del cielo y se le niegue la vela del viento. Es más la existencia de aquella pequeña podría equipararse a la de uno de aquellos peces abisales que jamás han contemplado la luz solar, pero que aun en las profundidades son absolutamente conscientes de que esta existe.

Una existencia de cielo plomizo y gris, de mórbidas y amenazadoras nubes que derramaban manchas negras sobre su cielo vital, en el que las brumas y las sombras cubrían sus sueños con un velo de desesperanza. Así transcurrió su inamovible presencia hasta que por la rendija de la ventana de su lúgubre existencia, se filtró un  haz de luz y oro líquido que iluminó su estancia hasta el final de sus días. Aquel día amaneció una mañana límpida y clara, coronada por un imponente azul indestructible y un sol risueño que bañaba las aceras de manzanas doradas. Durante el día todo transcurrió en la monótona y habitual encarnadura, sin alterar el viaje del segundero, que cada sesenta segundos empujaba a sus compañeros de aventuras por la esfera cristalina en la que se reflejaba el rostro de aquel ser detenido en el tiempo. El día no dejó trazo alguno en sus recuerdos, que inmóviles no pudieron presagiar los sucesos que a la llegada del ocaso darían un vuelco a su ser, estallando por completo en una existencia absolutamente emocionante y reveladora de una realidad no visible.

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Con la llegada del crepúsculo y su marea de tonos naranjas, Morfeo la atrajo hacia sus brazos y las cortinas rosadas de sus ojos echaron el telón pesadamente, indicando que la función había tocado a su fin. A los pocos minutos un extraño hormigueo serpenteó eléctricamente por las células de aquel cuerpo huesudo, débil y desmadejado, una extraña sensación volátil se apoderó de Lucía al percibir una aterradora pero a la vez agradable ausencia de fuerza gravitatoria, que la hizo imbuirse en una estancia cubierta de inmensidad y vacío.

Un desconcierto abrumador envolvió entonces todo su ser, que inexplicablemente desde algún punto indeterminado en el aire pudo contemplar horrorizada su encogida y ajada figura engullida por las sábanas. Con la frente perlada por el sudor, un pánico afilado y atroz, rasgó el corazón de aquella niña, su pequeño motor rojo desbocado no pudo detenerse ante la contradictoria y extraña corporeidad de una figura hasta entonces desconocida. Flotando en un ingrávido colchón de sensaciones apenas pudo poner en orden sus pensamientos, pues la enigmática experiencia le impidió reaccionar. Transcurrido un periodo de tiempo que no pudo determinar, pues no existen medidas entre la nada y el infinito, el pavor y la incredulidad tornaron a un indescriptible estado de paz y armonía. En aquel intangible momento catorce años en una cárcel de carne se transformaron en la más absoluta de las libertades.

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Lucía percibía que cual lepidóptera portaba y podía desplegar unas grandiosas y majestuosas alas de energía, pero el miedo a lo desconocido coartaron sus iniciales e irreprimibles deseos de vuelo. Aunque aquella noche no tuvo el valor necesario para traspasar el umbral de lo desconocido, sí que pudo experimentar sensaciones inenarrables y absolutamente mágicas para ella, como la de desplegar sus alas por las estancias de su celda dorada. Imbuida por esa misteriosa energía, aquella inenarrable sensación de libertad e ingravidez que rezumaba su nuevo estado extracorpóreo, batió sus portentosas alas hacia la habitación contigua. Era una confortable estancia difuminada en la oscuridad por un apagado tono mostaza; siempre se había sentido segura en ella, asida a un amor incondicional. Coronada en su zona central por una bella y amplia cama de sinuosa cabecera de nogal, la percibía igualmente confortable, pero nunca había tenido la oportunidad de gozar cada rincón de la misma en semejante estado de autonomía, movilidad y libertad. El sol de su existencia siempre brilló entre aquellas paredes, pero aquella noche parecía hacerlo con especial intensidad, pues en aquella cama, que ahora contemplaba desde arriba, descansaban la razón de su ser: sus padres.

Ajenos a todo dormían plácidamente con sus manos entrelazadas; en un instante invadida por el irreprimible deseo de devolverles todo aquello que durante años le habían entregado los colmó a besos imperceptibles para ellos. Subyugada por aquella abrumadora emoción, los besos etéreos y sus abrazos intangibles colmaron la felicidad de una niña que pudo por fin percibir la naturaleza del regalo de la correspondencia. Absorbida por una fastuosa sensación de paz permaneció largo rato flotando sobre aquella visión eterna, tan solo deslumbrada por un cegador marco de plata que descansaba sobre una clásica mesa de noche que remataba el árbol de amor y nogal en el que dilucidaron sus vidas. Tras el cristal de aquel marco coronado en uno de sus angulados vértices por una bella y repujada rosa dorada, se vislumbraba la foto de una pequeña de pocos días, cuyos ojos dorados encajaban en su rostro cual sutil reflejo en agua cristalina.

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Una visión que le dio fuerzas para atravesar la pared y contemplar a dos juguetes de carne y hueso durmiendo plácidamente cual ángeles moradores de canastillas doradas, alumbrados por la tímida y anaranjada luz del caparazón de una lámpara infantil que brillaba cual luciérnaga.  En la estancia, de dibujos animados, rezumaba el aroma infantil de la pureza, la inocencia, en ella sus hermanos fueron acunados por una misteriosa dama que aleteando emociones les rodeó de eternos abrazos.

Aun siendo consciente del poder que se le había otorgado llegó a sentirse tan aferrada a lo tangible, a los recuerdos, en definitiva, a la carne, que fue incapaz de atravesar las fronteras de su hogar. Aquella sería su última noche en la celda dorada, pues tras romper el cordón umbilical que les unía a ellos, el mundo exterior abrió su esplendoroso abanico con toda una amalgama de experiencias. La costumbre hizo la naturalidad y “volar” se convirtió para aquella niña en un juego, la noche se convirtió en día, la luna en sol, los astros inexplicablemente cercanos cambiaron su rol. Cada madrugada desplegaba sus alas y atravesaba en vuelo rasante un mundo de cemento y calles vacías. Lucía llegó a poseer tal dominio de su estado extracorpóreo, que lo hacía a velocidades inimaginables, fuera de alcance de todo entendimiento humano, sus insólitos viajes le permitían absorber ávidamente toda suerte de conocimientos.

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Experimentó como propias la alegría de unos, la tristeza de otros, comprobó que su cruel existencia era nada comparado, a lo que el ser humano era capaz de hacer para complicar la vida a sus semejantes. Lucía anduvo con sus pies desnudos por la orilla del mar sin dejar huella, jugó con delfines, dejó rodar su ingrávido cuerpo por un valle de flores que la colmó de aromas y la vistió con los ropajes de la fruta. Gracias a aquel estado sublime tomó verdadera consciencia del orden y el caos del mundo, aquel en el que solo unos pocos nadaban en champán con trazas de oro y otros muchos revolvían su hambre, su desgraciada existencia entre cubos de basura.

Cada día anhelaba la llegada de la hora crepuscular, su viaje onírico y la mirada del ocaso, que representaba el instante mágico de la libertad condicional. Poseía todo lo que se podía desear, pero en su fuero interno sentía que aún no había podido romper completamente las cadenas de su aislamiento, pues siendo libre, siendo brisa y rumor del aire, no lo podía comunicar. Así fue hasta que en uno de aquellos vuelos sin motor sucedió algo extraordinario:

Planeando entre gaviotas por un bello acantilado, agudizó la vista al máximo y en la fina línea del horizonte, que cortaba a cuchillo el intenso sombrero celeste y la inmensidad del mar, pudo observar una misteriosa figura que se aproximaba con un mágico y travieso aleteo. Tras unos segundos de temor y desconcierto, contempló nítidamente la figura de un niño, que batiendo sus alas la intentó sobrepasar. Imbuida por una sobrecogedora emoción logró captar su atención batiendo vigorosamente sus alas; y el pequeño planeó suavemente junto a ella dejando tras de sí una bella estela de energía. Escrutando su cercana presencia pudo comprobar que su alborotado pelo castaño, su nariz abotonada y la chispeante viveza sus ojos, le conferían el aspecto de eterno travieso que llevaba en su interior.

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Intrigada le preguntó quién era, que qué hacía allí, en su mundo, y una voz aflautada sonó para confirmar sus primeras sensaciones:

“Me llamo Mario, este mundo que crees ser tuyo es de todos nosotros. No creas ser una ‘rara avis’, no eres la única capaz de volar. Hay millones de seres que despliegan cada día sus alas a tu alrededor, tan solo necesitas dirigir tu mirada hacia el lugar adecuado” ¡Te prometo que mañana te llevaré a un lugar especial!”

En aquel instante el abismo cayó sobre Lucía como una pesada losa, cayó a plomo sobre su cuerpo y, aplastada de cansancio, se sumergió en las profundidades de un sueño que se apoderó de su etérea consciencia. Despertó al alba, una espada de luz como el oro líquido se derramaba por sus sábanas. Su padre hundido en una silla junto a su cama, alzó la vista y la observó ausente, sumergido en un profundo silencio. Los segundos le parecieron horas, los minutos días y las horas meses; Lucía sentía una ansiedad profunda por conectar nuevamente con aquel niño alado que había prometido mostrarle su gran secreto. Una ansiedad que fue aumentando a medida que se acercaba el ocaso, el instante de clavar la mirada en el blanco techo de su habitación y sentir los serpenteantes hormigueos previos a su habitual ‘huída existencial’.

Su salida fue tan fulgurante que a los pies de su cama aquel niño la arrancó de la corporeidad asiendo su mano y tirando de tal manera que casi no tuvo tiempo para asimilar su trepidante invitación: “Déjate llevar”. Tuvo entonces la sensación de haberse asido a un torbellino, pero pese a aquella asombrosa capacidad para volar, el viaje se le hizo interminable. Al llegar al final de aquella disparatada travesía, alzó la vista oteando cual halcón perdiguero el lienzo que se dibujó ante sus ojos. Un bello paraje de Sri Lanka enclavado en Polonnaruwa (ciudad que fue capital del reino Chola en el S-XI y que tres siglos después fue abandonada) en el que la densa vegetación rodeaba un antiguo embalse y ocultaba las ruinas de sus extraordinarios monumentos que seguían en pie. Aquellos que abrieron su corazón hacia un mundo nuevo e infinito.

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Las enormes estatuas de Buda y los pilares elegantemente tallados ponían de manifiesto la calidad y la espiritualidad de los escultores y arquitectos de aquel reino. Lucía descubrió entonces un paraje en el que el tiempo se había detenido en su belleza. Los segundos no tenían razón de ser, la eternidad se desnudaba sin pudor hacia un infinito intangible.

Una vez allí en aquel ser y no ser, Mario hizo una señal extendiendo sus alas y de la frondosa vegetación surgieron cientos, quizás miles, de seres alados, que interpretaron un indescriptible baile digno de mariposas monarca. El cielo se deshizo entre estelas doradas, por un momento Lucía tuvo la sensación de que nevaban copos de energía, que impactaban graciosamente sobre el bello mar de pétalos de petunias y alhelíes, que cubrían el manto de acuarelas de aquel bello paraje. La belleza cegadora envolvía al milímetro la extensión del mágico embalse, y Lucía se entregó por completo a su existencia como ser alado y se dejó llevar como una sola alma que bailaba al son de la música primigenia.

La nueva revelación se mostró tan luminosa e imperecedera, que la sensación que había vestido de marginalidad toda su existencia tocó a su fin. La pequeña Lucía pudo conocer y estableció una conexión especial con Sara, una mujer envuelta en una elegante ancianidad y una etérea y esbelta presencia. El anciano ser alado con rostro de mujer le reveló que había llegado a aquel lugar por una razón especial, y que ella había sido la elegida para poner color a sus días con la exquisita paleta del amor, pues Sara acabaría con el gris plomizo, y la ausencia de color que había atrapado la física existencia de Lucía.

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Sara le reveló que a aquel maravilloso lugar lo llamaban “EL JARDÍN DE LAS MARIPOSAS”, ella fue el vehículo, la paloma mensajera para transmitir sus experiencias a sus seres queridos. No en vano en su pelo cano y enjuto rostro, se adivinaban los surcos de una dura existencia. Una existencia que transcurría a apenas dos manzanas de su casa, donde había tenido la oportunidad de cruzarse con los suyos en el plano físico.

Sara, que rondaba los 65 años tenía la capacidad de volar desde pequeña, en el transcurso de varias salidas junto a ella y en el momento adecuado, aquel en el que la conexión espiritual fue lo suficientemente enérgico para completar la misión, el deseo existencial de la pequeña Lucía pudo llevarse a efecto.

La pequeña entre lágrimas se lo reveló: “Sara, quiero comunicarme con los míos, necesito que ellos lo sepan”. Seguidamente le rogó que escribiera y enviara una carta a su casa en la que describía paso a paso todo lo que había estado experimentando en aquella irrealidad, o realidad paralela difícilmente explicable. Sara tras unos segundos de vacilación, con una voz tenue a la que la edad otorgaba fuerza de sabiduría, asintió reconociendo a la pequeña que al conocerla había comprendido por fin la razón de su existencia.

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Transcurrieron varias semanas desde su último encuentro, Sara no daba señales de vida, ni en el plano físico ni en el espiritual. Durante el día la monotonía envolvía a la pequeña con el disfraz de la rutina mientras las fauces de la ansiedad hacían galopar el tic-tac de un corazón que no soportaba la espera, aquella misiva que no acababa de llegar, pero cada noche salía de su crisálida y la espera se le hacía más corta.

Afortunadamente la misiva llegó pronto, en uno de aquellos días en los que su padre hundía sus sueños a los pies de su cama, su madre apareció con un sobre ocre languideciendo entre sus manos mientras el desconcierto se dibujaba seriamente en su rostro. Aquella carta venía a su nombre y en el remitente aparecía el de su hija: Lucía Aldaya; la situación la dejó sin palabras.

La mujer cayó a plomo en el asiento sin dar crédito a todo aquello, pensando que todo era una broma de muy mal gusto, pero abrió el sobre con manos erráticas y cayó en un profundo estado de hipnosis nada más comenzar a leerla en voz alta:

“Querida madre, soy tu pequeña Lucía y te escribo esta carta para relatarte los increíbles sucesos que de un tiempo a esta parte han dado un giro radical a mi existencia…

Sus reacciones a cada línea se debatían entre la sorpresa y la incredulidad, el desconcierto bajaba por su rostro, para luego cruzar su mirada con la de la pequeña Lucía. Sus ojos tan pronto brillaban de alegría como se inundaban de un mar de lágrimas, que al entrar en contacto con el rímel  de sus largas pestañas, surcaban su rostro firmando el perfil de una situación inexplicable. Concluyó la lectura, izó su mirada y observó como un torrente de lágrimas se derramaban por las pálidas mejillas de aquella niña que jamás había expresado el más mínimo síntoma de comunicación. En aquel momento se pudo vislumbrar en sus bellos ojos claros la batalla de sentimientos que se entablaba en lo más recóndito de su alma, su corazón, rompió a llorar y abrazó a su hija sumida en un mundo de sensaciones encontradas. Su padre que había seguido la escena petrificado, hundido  en la silla, junto a la cama, quebró el silencio en un lamento que se perdió a gritos.

Unos lamentos que no les impidió oír  el tronar del timbre de aquel hogar, que retumbó como si del claxon de un camión se tratara, estallando en mil pedazos por un instante la magia de aquellos momentos. Y es que al abrir la puerta, Sara, apareció con su natural esbeltez, su porte elegante, paseando la mirada de la experiencia con sus sabios y bondadosos ojos, transmitiendo la veracidad de unos hechos de ropajes inexplicables.

Con un gran ramo de amapolas pero sin sus alas, escenificó el día más alegre de la vida de Lucía, la primera ocasión en la que por la rendija del destino, de su parálisis cerebral, dejó escapar un rayo de luz, que permitió a la niña mostrarse en todo su ser. Comunicarse con sus seres queridos, aquellos que eran sus manos, sus pies, esos que habían sacrificado sus vidas por la suya.

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Desde aquel instante y a pesar de sus “experiencias” Lucía no cambió un solo segundo por aquel en el que “EL JARDÍN DE LAS MARIPOSAS” se trasladó a los pies de su cama. En algún recóndito lugar de su cerebro formado por enormes valles yermos y desérticos, floreció un precioso valle de recuerdos cual oasis en mitad del desierto.

Cada vez que la nada intenta hacerla sucumbir se adentra entre sus largas hileras de amapolas. Desde aquel día y desde su fría silla de ruedas aguarda la hora en la que solo porte “ALAS DE MARIPOSA